Microrelatos

La fiesta del pueblo
Desde que Pancho Zurita había descabezado a aquella anciana, en el pueblo se veían a las caras con insistencia, todos desconfiaban, cualquiera podía haberlo ocultado.
En su huida, dejó su jacal abandonado, apenas quedaba en él, un viejo monociclo, un colchón desvencijado, algunas ropas cuatro tallas más grandes de gran colorinche.
El tiempo, había desdibujado su rostro en la memoria de sus paisanos.
Aquella noche de fiesta, todos con alborozo, bailaban, bebían y festejaban la altisonante bullaranga.
Al día siguiente, dos aparecieron sin cabeza.
Solo se vio a un payaso pedalear hacia los matorrales.

El anciano de los perros
Eran muchos los que caminaban a su compás, algunos tan ancianos como él. Los más jóvenes, actuaban como aprendices en eso del andar en las calles.
Recorrían buena parte de la ciudad.
Ya eran conocidos en los negocios esparcidos en la zona: La señora de las flores, el de las revistas, el portugués de la panadería.
A su paso, recibían con agrado, una que otra recompensa.
El nuevo gobierno limitó la tenencia a un perro por persona. Aquella noche en la humilde morada todos aullaron: Los perros, el anciano, las flores, el portugués.
Nadie salió a caminar aquella mañana.

Un encuentro casual
Muchos años hace que no iba de visita al panteón.
Encontré en una antigua tumba la foto de un muchacho muy simpático.
Me recordó a aquél, que en tiempos de estudiante, me acompañaba todas las noches al volver de la U.
Hablábamos hasta muy tarde con la promesa de volvernos a ver.
Todo iba bien hasta que una noche simplemente no volvió.
Nunca supe dónde vivía, hasta hoy.





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