Entre la vida y la muerte: Reflexiones de mañana con neblina y té
- Treje.

- 7 jun
- 3 min de lectura

De reciente data me he enterado de una despedida pública grabada por un DT de fútbol sueco al conocer la proximidad de su muerte. Así se expresa de ella:
“...tuve una buena vida, sí. Creo que todos tememos el día de nuestra muerte. Pero la vida también se trata de la muerte”.
“Espero que al final la gente diga: sí, era un buen hombre, pero no todos dirán eso. Espero que me recuerden como un tipo positivo que intentó hacer todo lo posible”.
Con esa referencia doy comienzo a mi reflexión de hoy:
A la muerte no le temo.
No habrá conciencia de saber que estoy en ella.
A la muerte le daré la bienvenida, sin remilgos; de seguro estaré satisfecha con lo vivido. Será suficiente, así lo sentiré, como cuando en la fiesta bailas hasta la última pieza y, entendiendo el cansancio de lo bailado, comprendes que ya está bueno y no querrás seguir bailando esa noche. Para ti, la fiesta ha terminado.
Seguramente esbozaré una sonrisa final cuando me la encuentre.
A la vida, si es esta con la que amanezco cada día, sobrará quien la llame afortunada. Y sí, es una vida llena de fortuna cuando miras a tu alrededor con ese ojo crítico que te lleva a sensibilizar los sentidos para saber que la estás viviendo “en pleno uso de tus facultades”.
En las postrimerías de la que tengo, la ensayo y aprendo a mostrarla sonriente sin que lo espeluznante de vivirla se me note.
A esta vida sí que temo.
¿Cuántas veces he muerto de miedo? ¿Cuántas de angustia y otras tantas de amor y desamor?
Y aquí estoy. De cada una de ellas he sacudido el polvo de las heridas, reacomodo mi armadura y regreso al campo de batalla con una sonrisa y un mensaje alentador, como si de una vida bella se tratara.
Vivir y justificar con acciones el permiso de respirar entre los otros, eso sí que es un reto minucioso y diario.
¿Cómo no temer si ves cómo la edad que avanza en ti convierte en la parte más reducida de un embudo las posibilidades de permanecer en el mundo laboral, haciéndose cada día menores? Es solo un ejemplo.

¿Cómo no temer si ese mismo embudo se da vuelta y, luego de pasar por un túnel azaroso, se abre ante ti un mundo de enfermedades, dolencias y carencias de salud, como si se tratase de una emboscada?

¿Cómo no temer cuando los números bancarios no son lo suficientemente anchos en su grafía para aquella proteína que te aleja del hambre o aquel valor en papel moneda del calor que baña tu cuerpo y lo libera de las impurezas mundanas?
Para algunos, trajinarla cansa, más aún cuando las manos vacías de soportes te imponen el pensamiento cuestionante del: “¿Y yo, qué hago aquí?”.
Por eso:
A ratos la muerte, a ratos la vida.
Bien por el que se va. Hablarán de él o de ella mientras sea una novedad. Poco importa lo que digan; ya estarás en un plano superior.
Bien por el que se queda, quizás atando y esclavizando al más cercano como si de una tabla de salvación se tratase, y hasta puede que se tongonee mostrando fortalezas, habilidades y enseñanzas del buen vivir, siempre y cuando mantenga a su lado la compañía que monitorea su vida y le da ese soporte emocional tan necesario.
Aplausos de pie para quien ve la vida bonita apoyándose en bastones prestados.
Más aplausos aún para el que se levanta a diario a construir esos apoyos necesarios para el “buen vivir”.

Bien por todos aquellos, esos que amanecen agradeciendo que aún respiran y lo hacen conscientes, burlándose de esa luz al final del túnel que, en alguna asfixiante pesadilla nocturna, les ha mostrado la risa macabra de la muerte.
Y heme aquí, escribiendo entre la vida y la muerte como si se tratase de mi acto final...
Una nunca sabe.
Treje.
Agosto, 2024
Santiago.



Excelente reflexión, los que ya tenemos cierta edad y además hemos visto partir a la mayoría de los nuestros en este plano, muchas veces nos preguntamos: ¿cuándo me toca? Mientras tanto, qué hago para vivir la vida en un país prestado y aunque regrese al mío probablemente ya no lo sienta como tal y tampoco puedo imaginar qué hacer mientras para sobrevivir.