top of page
Logo.png

La maleta en el aeropuerto

  • Foto del escritor: Treje.
    Treje.
  • 22 may
  • 7 min de lectura

Imagen generada por IA
Imagen generada por IA

Hace una semana, en el aeropuerto de Denver, Colorado, una persona fue succionada por el motor de un avión que intentaba despegar.


Rápidamente, la noticia inundó las redes; muchos coincidieron en señalar un suicidio como la motivación de la persona involucrada en saltar el alto cercado de protección que rodea la zona involucrada.


No fue fácil conciliar el sueño, dado que hacía ya algún tiempo había escrito el esbozo de una historia que involucraba una situación similar.


Está armada sobre la base de detalles que han sido construidos sin seguir estrictamente la realidad, con la intención de darle un toque de fantasía a la historia, y es la que les presento hoy día:


Por motivos de trabajo me he desplazado a Santiago durante una semana. Al aterrizar en el aeropuerto Arturo Merino Benítez me dispongo a alquilar un vehículo de la empresa “Chilean Rent-a-Car”. Caminando en esa dirección, casualmente he visto en el estacionamiento privado del aeropuerto un Volkswagen Golf muy polvoriento.


Imagen generada por IA.
Imagen generada por IA.

Un empleado me dice que lleva un año abandonado y debe ocho millones de pesos por concepto de estacionamiento. Me sorprende, en primera instancia, lo informado que está el empleado; de igual manera, despertó mi curiosidad, dado que el auto, a pesar de lo sucio, me llamó la atención.


—Una gran factura de estacionamiento —me dije—. El dueño va a morir cuando lo sepa.


Entonces me comenta que incluso ha salido en la prensa. Ni el carro ni la patente han sido denunciados como robados. Lo cierto es que retirar un vehículo en propiedad privada es complejo.


Al interesarme por el caso, el trabajador me dice que, al ser un estacionamiento privado, no es competencia de Carabineros y requiere identificar al propietario.


Cobrar las tasas de estacionamiento adeudadas depende de que se pueda identificar al deudor y de que pueda pagar.


La verdad es que la curiosidad me mata y quiero saber más de aquel misterioso auto. He decidido acudir a mi trabajo con la normalidad que da un servicio de taxi y regresar por la tarde, cuando el estacionamiento esté menos vigilado.


Tras terminar mi jornada regreso al aeropuerto de Santiago. Hay poco movimiento en el estacionamiento. Simulo buscar mi auto hasta que llego al misterioso Golf. Lógicamente está cerrado. La curiosidad me embarga; me asomo a su interior. Nada reseñable. Miro por la parte baja del auto, meto la mano en el guardafango. ¡Uurraaa!


Hay una llave escondida en el hueco del neumático. Está envuelta en una pequeña bolsa de plástico.


—¿Cómo a nadie le ha dado por registrar las orillas bajas del auto? Los chilenos siempre tan correctos —me dije.


He abierto el vehículo y me he lanzado a su interior.


Abro la guantera. La documentación del vehículo me revela que está a nombre de una empresa argentina llamada “El Porteño”. La busco por internet; veo un número de teléfono de información.


En la guantera también hay una hoja impresa y una llave. Es un billete de avión de hace un año con destino a Chile, a nombre de un tal Gael Quispe. Pero atención: es solo una reserva. Es decir, no está pagado y no tiene ninguna validez. La llave me la guardo.


Busco más información de la empresa. Al parecer, sus comienzos fueron optimistas, pero en menos de cinco años fue a la quiebra y entró en concurso de acreedores. Su CEO era argentino y salió en las páginas salmón como ejemplo de lo que no hay que hacer. Se llama Fabricio Almeida.


¿Trataba Fabricio de volver a Argentina desde Santiago, acosado por las deudas? ¿O buscaba quedarse en Chile para ocultarse? Mi imaginación vuela.


Quizá lo secuestraron y asesinaron un par de sicarios por todo el dinero que debía y no llegó a pagar. Claramente he visto muchas series de sicarios y secuestradores en los últimos tiempos. Entonces me decido a llamar al número de la empresa que aparece en internet.


Suena un tono y responden a la llamada, pero al otro lado no se escucha ninguna voz.


—¿Eres Fabricio? —pregunto.


Se produce un eterno silencio. Al final suena un mensaje automático:


—Para reclamar una deuda debe enviar una carta certificada de la misma al apartado 212 de Willy Brandt.


¿Qué sitio es Willy Brandt? No hay en Argentina ninguna ciudad llamada así.


Parece una broma. Busco con el móvil y me llevo una sorpresa. Willy Brandt es el segundo nombre del aeropuerto de Santiago, al mismo que llegué.


Se llama así en homenaje a un ilustre canciller de Alemania que, en 1968, visitó Chile durante el período de gobierno del presidente Eduardo Frei.


Deduzco que en el aeropuerto hay una oficina a la que puedo acudir para recabar información sobre esta empresa. Pues vamos a ello. Camino hacia la terminal del aeropuerto y pregunto en información. Me señalan un pasillo y allí voy. Para mi sorpresa, me explican al detalle lo necesario.


El apartado de correos 212 no es una oficina. Es una especie de taquilla cerrada con llave. ¿Qué hago ahora? Entonces recuerdo los objetos que hallé en el Golf. Había una llave que me guardé en la mochila.


Pruebo a introducir la llave. La felicidad me sonríe. Entra perfectamente y puedo abrir la taquilla. En su interior hay ropa amontonada, pegatinas y varias credenciales. La ropa es elegante: un traje de chaqueta. Alguien se ha quitado esa ropa y se ha vestido con otra.


Las credenciales son de personal del aeropuerto. Ese alguien se ha hecho pasar por un trabajador. ¿Habrá sido Fabricio Almeida? Mi imaginación vuelve a volar y ya no hay sicarios. Creo que Fabricio quiso empezar una nueva vida como indigente del aeropuerto en Chile. Pero quiero buscarlo.


Debo ser intrépida, como una periodista. Si la noticia del Golf aparcado, que debe ocho millones de pesos, se ha hecho famosa en la tele que todo lo repite, más intrépida seré yo descubriendo al moroso. Las credenciales son del departamento de transporte de equipaje. Así que voy a hacerme la valiente y colarme en las cintas. Seguramente en esas instalaciones duerma Fabricio.


En España ya se ha hecho famosa la noticia de los indigentes que duermen en el aeropuerto de Barajas. Debo confesar que ese pensamiento también me trasladó a la película magistralmente actuada por Tom Hanks: La terminal.


—Esto será lo mismo —imagino.


Así que me he colado en el sector descrito por la credencial. No ha sido difícil.


Hay cientos de cintas de transporte con cientos de maletas paseando de un extremo a otro. La verdad es que es un poco peligroso. Estoy empezando a tener miedo de que me vean y se den cuenta de mi intromisión. Puede que esté infringiendo alguna ley de seguridad y esté penada con cárcel. He sido una caprichosa.


Pero no me voy de allí sin hallar a Fabricio. Al fin encuentro una sala en la que, en sus alrededores, hay poca o casi ninguna vigilancia. Parece abandonada o en proceso de reconstrucción, donde puede que se esconda para dormir. Hay mantas por el suelo; es oscura y hace mucho frío. Parece un congelador. No hay nadie. Entro en pánico. Creo que me vuelvo a mi hotel. Me rindo.


Antes, decido darle una última oportunidad al teléfono.


Vuelvo a llamar al mismo número de antes, a la empresa argentina “El Porteño”.


Entonces se produce el milagro. Sin darme cuenta, quise sentarme en el borde de una maleta polvorienta, con etiquetas con destino a Argentina. Escucho sonar el clic fuerte del sonido de la maleta que se abre, quizá con la presión de mi peso en aquella oscura sala.


¿Pertenecerá a Fabricio? Solo hay una forma de saberlo. Me dispongo a abrir el bulto. No hay candado. Es fácil. Abro la cremallera y quedo horrorizada. El contenido se apresura a salir y se despliega ante mí: ¡Es Fabricio!


Imagen generada por IA
Imagen generada por IA

Empiezo a correr entre las cintas buscando salir de aquel lugar.


Un olor nauseabundo sale de la maleta e inunda todo el recinto. En su interior hay un cadáver momificado. El rostro está irreconocible, pero todo me indica que es Fabricio Almeida, el hombre que tanto he buscado.


Aviso a la policía del aeropuerto. No me amonestan por entrar en aquella instalación. El cadáver acapara la atención de todos los que hicieron presencia en el lugar.


Me conducen a las dependencias policiales del aeropuerto. Allí me interrogan, pero también me dan explicaciones, una vez que los agentes han reconstruido los hechos.


El cadáver de la maleta es de Fabricio Almeida.


Había quebrado una empresa y, arruinado como estaba, se había convertido en indigente.


Tras la quiebra de la empresa en Argentina, el dueño, desesperado, llegó a Chile. Luego de un tiempo quiso regresar a su país oculto en una maleta, con tan solo una botella de agua, pero el movimiento irregular en la cinta lo hizo caer de una altura de diez metros. Murió desnucado. Allí, en la oscuridad, ha estado el cadáver un año.


Finalmente, luego de horas en que no se me permitía moverme del sitio, quedo a disposición de la policía por si puedo ayudar en algo, en medio del asombro y el temor de pagar largos años de cárcel en un país ajeno por andar de entrometida.


La historia de Fabricio me hace reflexionar. No somos nada andando la vida sin compañía. Mañana podemos acabar en una maleta con destino incierto, aún más cuando no tenemos familia ni amigos que nos extrañen.


Su cuerpo permaneció en el lugar oscuro y frío sin que alguien reclamara o preguntara por él.


Una cosa es segura: nadie va a pagar la deuda de ocho millones de pesos de parking. Ya no me gusta ese Golf empolvado y, muy seguramente, mi pensamiento dejará de volar cada vez que llego al aeropuerto y vea las múltiples cadenas de autos estacionados en espera de sus dueños. Puede que alguno más no regrese por él.



Treje.

Santiago de Chile, mayo de 2026.

 
 
 

2 comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
Sandra
22 may
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Me ha cautivado y mantenido con total curiosidad, es una historia que no solo muestra una narrativa medio detectivesca, donde la muerte aparece como algo inevitable y de la forma más inesperada, sino que además nos muestra la fragilidad de nuestra existencia.


También lo solos que podemos estar a pesar de ser seres que nacimos para vivir en sociedades, en esta forma de vivir cada uno en lo suyo y ajeno al mundo que nos rodea donde hay otros, que como nosotros, también sufren, rien, lloran, bailan y pueden estar muy cerca de nosotros pero los ignoramos. Excelente entrada.

Me gusta
Treje.
22 may
Contestando a

Agradecida por tu comentario Sandra. La historia rondaba mi pensamiento cada vez que al llegar a algún aeropuerto veo los autos estacionados como si se tratase de un olvido de sus dueños. Sin embargo tú reflexión final está totalmente adherida a la mía. Es importante construir y conservar relaciones sanas, capaces de extrañar tu ausencia si fuere el caso. Puede haber por allí unos cuantos "Fabricios", espero mi relato les motive a pertenecer a una comunidad y sentirse a gusto con otras personas.

Me gusta
bottom of page