Carta a Martín
- Treje.

- 9 may
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Actualizado: 10 may

Querido Martín:
Hoy cuando la hoja del calendario me dice que este mes de Marzo de 2023 está por terminar, es su día 30, te escribo esta “Cartas de Amor y Desamor” desde este país prestado, tan distinto a aquél en el que nos conocimos en nuestra adolescencia y que, sin embargo, me ha dado la paz y la tranquilidad para escribirte.
Hace tanto que no nos vemos y poco sabemos el uno del otro, ahora que estamos entrando a la etapa en la que somos niños dentro de la ancianidad que se nos avecina, me ha dado por recordarte.
Quiero, en un ejercicio de recuerdos contarte nuestra historia por si el camino ha desdibujado mi presencia en tu memoria. Escribo esta carta para ti, mi amor juvenil.
Fue por aquellos trece años cuando llegaste con tu familia a mi barrio, eras el mayor de cuatro hermanos y por dicha del destino, enclavaron su vida a tan solo unos pasos de la mía.
Desde el principio, fueron bienvenidos. Tus padres rápidamente se hicieron notar por su excelsa educación y buen comportamiento, mis padres, fundadores de aquella comarca, supieron apreciar aquella fortuna de tenerlos de vecinos en nuestra calle.
La cordialidad del saludo, el encuentro entre familias y hermanos no se hicieron esperar, era todo un engranaje de similitudes de culturas, se veía esfuerzo familiar, deseos de superación.
De nuestros trece años a los quince, junto con Beatriz tu hermana, solíamos divertirnos en nuestras actividades extraescolares, fueron años que atesoro como el bálsamo que le dio alivio a mi adolescencia, espero haber sido yo la que te hiciera sentir igual.
El tiempo discurría en nuestras vidas mientras nuestras hormonas por momentos nos enseñaban que los cambios físicos en nuestros cuerpos habían llegado para quedarse. Tú, más alto, tu espalda más ancha, más guapo en general, mi cuerpo se empeñaba en hacer crecer los bultos en mi pecho mientras mis caderas se ensanchaban y contorneaban al ritmo de mis pompis en crecimiento.
Nuestro comportamiento fue tomando visos de seriedad, dejamos de correr para perseguirnos o ver quien llegaba primero, para pasar a la etapa de caminar uno al lado del otro quizás observando con detenimiento a nuestro alrededor y muy probablemente haciendo mofa de la gente que caminaba junto a nosotros.
Las celebraciones de quince años marcaron el inicio de una nueva etapa: Irremediablemente, nos habíamos enamorado con todo el “Macondo” de Gabriel García y sus mariposas amarillas en manadas, instaladas y revoloteando en nuestros estómagos enamorados.
Tórrido fue el amor que nos dimos, nos disfrutamos como siempre se piensa que otra pareja no ha podido sentir tanto amor como el nuestro. Éramos dueños absolutos de la felicidad: Compartir tus estudios de música con los míos de teatro, irnos de farra con todo lo que implicaba el ambiente de los toques de tu grupo musical, la bohemia del ambiente teatral, tus amigos y los míos fundiéndose en una misma juerga, definitivamente, ¡Lo teníamos todo!
Alguna canción por ahí dijo “Nada es para siempre”, como nuestra felicidad.
Aquella tarde de junio nos dijimos adiós con el cuerpo y el alma impregnados de amor, era inefable aquel momento. Hoy aun lo recuerdo con dolor. ¿Cómo creer que dos que se aman se digan adiós? Entiendo que con la belleza que reflejaba nuestro amor, algunos ojos se encandilaban con sus destellos y les era insoportable ver la dicha en otros. Nos pasó.

Recuerdas Martín, el llanto ahogado en ambos de aquella tarde. Nuestras lágrimas corrían silentes para no dar a conocer la desgracia que sentíamos por la despedida junto con la promesa de no olvidarnos, de reconocer que fuimos nuestras primeras mariposas en el estómago, manos entrelazadas, complicidad, diversión, caricias y pasión. Esperanzados en que el vaivén del vivir nos pusiera de nuevo en la misma ruta de vida. No fue así.
También nos prometimos buscar ser felices sin culpa, cada quien por su camino. Años más tarde la noticia que iba a herir, finalmente llegó: “Martín tiene novia y piensa casarse”.
La daga se internaba en lo que duele, siento pena que te enteres en esta carta, el dolor que tu felicidad me causó. Vi las fotos de tu matrimonio y la imagen de auto flagelarme mientras las veía, acude a mi recuerdo.
Ambos estábamos cumpliendo nuestro acuerdo de aquella tarde de junio. Hasta eso lo hemos hecho muy bien y con honores.
Dos años después, la siguiente noticia: “Viene un niño en camino, pronto serán tres en la familia”.
Esta mujer, ahora llamada Treje en su versión de escritora, le escribió el poema que hoy, en esta carta te comparto y dice así:
Semilla que crece, esperanza que dice adiós
Llevo conmigo la semilla de la felicidad, quiero sembrarla en un corazón que dé frutos.
Y llegó el día en que la tierra respondió al abono, al riego matinal,
respondió al deseo de la creación.
Germina porque es su mandato, crece fortaleciendo su presencia, llega para ser amado.
Será reflejo de luz, la conjugación de la sabiduría, la gracia y la belleza.
Todo lo sublime tras un segundo en el que un hombre y una mujer
juegan a ser Dios para crear vida.
Ese Dios que bendice semejante osadía, entregándonos la semilla germinada
que va creciendo, marcando la encrucijada de la esperanza, del encuentro anhelado.
Es también la señal del adiós que se avecina, se nos enseña de nuevo el final del camino,
tantas veces alargado por la espera.
Te espero en las gradas de la vida para aplaudir la tuya, llevas una carga de amor extendida.
No has nacido y ya te amo aunque mis entrañas no te sientan mover.
Este nuevo adiós te regala vida, luz, serás un fruto más de mi corazón.
Así termina ese poema que más que amor era nuevamente una despedida.
Posiblemente hoy día, ese niño ya sea padre. Bien pudieras al recibir esta carta que te escribo, compartirla con él, es mi manera de hacerle saber que al conocer de su existencia, mis pensamientos volaron bonito, llenos de bendiciones a su incipiente vida.
Martín querido, esta carta va llegando a su final con el agradecimiento que da, el dejar volar los sentimientos hacia quien los ha hecho nacer.

Sigo bendiciendo tu camino, ambos estamos llegando con gracia a los primeros indicios de nuestro ocaso y ¡qué buen viaje nos hemos dado!
Me despido de ti, dibujando un fuerte abrazo en la memoria.
Tuya en el recuerdo, Treje.




La carta es una historia de amor pero a la vez de desamor porque no se mantiene en el tiempo, cada uno toma rumbos distintos. Sin embargo, hay una profundidad en el sentimiento cuando viene un inocente en camino.
Hermosa carta, bello poema. Ciertamente es una carta que merece ser premiada, no una, muchas veces.