El bosque de mis pensamientos
- Treje.

- 1 may
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En una apacible comarca donde el día despuntaba con el canto de los gallos, sus habitantes se ufanaban de vivir rodeados de bosques y campos, donde los cultivos y los animales constituían el sustento de sus pobladores.
Allí vivía una amable mujer llamada Constanza; con ella, al pueblo le tocaría compartir hechos tan macabros como dolorosos.
Esta es su historia de vida, llena tanto de pérdidas como de fortalezas. Nacida para tender la mano al necesitado, a pesar de cargar su corazón roto.
Constanza, hija única de una pareja conformada por un médico pediatra y una enfermera de urgencias, vio a ambos padres fallecer en un accidente de tránsito, del cual la joven de dieciséis años fue la única sobreviviente.
Después de un largo período de recuperación, quedó viviendo bajo la tutela de su profesora de idiomas, hasta que se hizo enfermera como su madre fallecida y luego se casó con un chico agrónomo de estudios, pero ovejero por convicción y tradición familiar.
Vivía en una casa pequeña pero acogedora con su esposo Eduardo y sus dos hijos, Lucas y Joaquina.
La vida era sencilla y alegre. Ella estaba dedicada a prestar su ayuda como enfermera del hospital local. Su esposo, por su parte, se ocupaba de atender y esquilar las ovejas de su propiedad, cuya lana vendía en el comercio local. Ambos eran considerados buenos vecinos.
Solían participar en los festivales que se organizaban y colaboraban en todo lo que se les solicitaba: ella, como enfermera; y Eduardo, con sus conocimientos de las actividades del agro. Todos en el pueblo se beneficiaban de la presencia de la pareja entre ellos.
Una tarde, de esas que Constanza quisiera borrar de su vida y que el pueblo desearía que nunca hubiera acontecido, un extraño animal apareció en el bosque cercano a su hogar.
Era una criatura de pelaje grisáceo y dientes pronunciados, filosos, tan largos que no cabían en su cavidad bucal. Su desplazamiento era rápido, tanto que hacía pensar que tenía unas ágiles alas que le permitían moverse y cambiar de posición con gran velocidad. Sus ojos, de gran tamaño, casi brotaban de sus órbitas; eran el elemento que delataba su presencia, puesto que emitían una luz inusual y resplandeciente, jamás vista. Su mirada parecía atravesar el alma. Nadie sabía de dónde venía ni cuál era su propósito.
Cuando se supo que un animal con estas características merodeaba por la zona, todos coincidían en que su presencia era atemorizante. Removía viejos recuerdos de algún otro animal sangriento que prácticamente había diezmado los rebaños de la zona tiempo atrás.
El primer pensamiento que la arropaba era que aquella bestia desconocida iba buscando acabar con su rebaño de ovejas.
Rápidamente dio una señal de alarma, y los vecinos circundantes organizaron de inmediato cuadrillas de búsqueda.
Con la clara y extensa descripción dada por la enfermera, revisaron palmo a palmo el territorio completo del pueblo. Dieron aviso de alerta a los pueblos circunvecinos, los cuales no tardaron en unirse a la búsqueda.
No lograron dar con el misterioso y escurridizo animal.
Solo dos semanas de búsqueda dejaron un sabor inexplicable en todo aquel acontecimiento. Luego de ese tiempo, el tema fue echado al olvido con acelerada prontitud, como si se tratara de una leyenda más, dejando en el recuerdo un amargo sabor a engaño o alucinación.
La frustración de Constanza iba en aumento a medida que el tiempo pasaba y los comentarios provenientes de los vecinos crecían en aquellas tardes de té. Tocaban el tema con humor, insinuando que lo acontecido podía haber sido producto de un desliz mental de la mujer. Este episodio la hacía sentir que perdía el respeto y la credibilidad que tanto había cultivado entre aquellos moradores.
Un año había pasado de aquel suceso, para muchos fantasioso, cuando una tarde libre del trabajo en el hospital no quiso llevar a los niños a sus actividades deportivas. Decidió quedarse en casa para atender las labores del hogar, mientras su marido había partido con el vagón de su camioneta lleno de la lana que iba a mercadear. Sus hijos, Lucas y Joaquina, salieron a jugar en los espacios de su propiedad, cerca del bosque.
De repente, el extraño animal apareció entre los árboles. Mismas características, nunca olvidadas.
La mujer, nuevamente sola ante aquella aparición, con el corazón en un puño, intentó llamar a sus hijos, pero una fuerza inexplicable la detuvo. Sus labios articulaban las palabras, pero su voz no salía de su boca con la fuerza y desesperación que sentía en su interior.
Lucas y Joaquina se acercaron al animal, como si estuvieran hipnotizados. No se les veía asustados ni curiosos; simplemente caminaban directo hacia el animal, el cual, con un rápido movimiento de alas, los envolvió en una nube de humo, desapareciendo con ellos del entorno visual de la madre de los niños.
Desesperada, corrió hacia el lugar donde los había visto por última vez, pero solo encontró un vacío lleno de silencios; los gritos estaban en su corazón de madre. Sus hijos habían desaparecido frente a sus ojos.
No dejaron rastro alguno: huellas, nada que tuvieran en ese momento en sus manos que pudieran haber dejado caer, nada.
La búsqueda incesante por parte de los pobladores no se hizo esperar. Esta vez había ocurrido un hecho tan tangible como lamentable.
Ahora, a fuerza de dolor y desesperación, el pueblo arrepentido lamentó no haber creído con anterioridad en la advertencia de Constanza acerca de la presencia de aquel extraño animal. Entendieron el desdén con el que habían tratado el tema del amenazante animal un año atrás.
Los primeros días se volvieron frenéticos en la búsqueda entre los diferentes grupos de rastreo y salvamento, sin que se lograra el menor asomo de huella o rastro esperanzador. Sabían que cada día que pasaba alejaba la posibilidad de conseguirlos con vida. Les quedaba claro que este animal no se interesó por los animales de los granjeros; solo fue a buscar a los niños de Constanza y Eduardo.
Por las noches, antorchas y perros sabuesos acompañaban a los diferentes grupos de búsqueda y rescate. De vez en cuando, lograban escuchar aullidos y lamentos que con anterioridad no eran conocidos. Todo les hacía pensar que estaban cerca de encontrar a los niños, pero la realidad les era adversa.

El pueblo, como jamás antes se había visto, estaba unido ante el dolor de esta familia por su pérdida.
No había descanso para la búsqueda. De pueblos aledaños llegaban grupos organizados para contribuir con el angustioso rescate.
La desaparición de Lucas y Joaquina dejó a Constanza en un estado de locura.
Nadie podía consolarla; su corazón estaba roto y su mente desbordaba de dolor y confusión.
Los cinco años de ausencia desde que habían desaparecido la sumergieron en la desesperación por la pérdida de sus hijos. Decidió abandonar el país, llenar con distancia el vacío que la embargaba.
Aquel fenómeno no dejó explicación alguna que mitigara su pena. A ratos, se culpaba pensando que había sido un descuido de su parte. La historia sería otra si esa tarde hubieran ido a su escuela.
Sus vecinas más cercanas brindaban palabras de aliento, resaltando en ella su devoción y esmero en cuidar de su hogar y de los suyos. Todo esfuerzo era en vano; que sus hijos desaparecieran frente a sus ojos, sin rastros que seguir, le destrozaba el alma.
El desaliento había inundado su hogar. Su marido, sumergido también en el dolor, había perdido su motivación e interés en mantener el negocio de la lana a flote. Por esto, no tardó en acoplarse a la idea de su mujer de poner distancia del dolor. Partieron del lugar hechos pedazos.
Llegaron a una moderna ciudad con lo poco que habían logrado llevar consigo. Eduardo había hecho el viaje sintiéndose enfermo, y muy pronto la situación fue a más. Tal parece que solo esperaba salir del pueblo donde vivían para que en él se desatara aquella extraña dolencia.
Los escasos y puntuales conocimientos adquiridos como enfermera poco le valieron para mantener con vida a su marido, que se negaba a consultar a un médico.
La vida le seguía restando compañeros. La muerte de su esposo la dejó sola y desorientada. El trabajo se convirtió en su escape predilecto; días y noches enteras metida en el hospital la agotaban hasta perder las fuerzas, evitando así pensar en su desgracia.
Un buen día, contrario a lo que la lógica pudiera dictaminar, huyó de la ciudad, dejando atrás su trabajo de enfermera. Llevaba consigo el dinero obtenido en las largas noches de guardia.
Buscó refugio en las afueras, en una cabaña rodeada de bosque. El lugar parecía llamarla, recordándole el dolor que había dejado atrás. No podía escapar de su pasado ni de la sensación de que algo le faltaba.
Los días pasaban y Constanza vagaba por el bosque, hablando con las sombras y buscando señales de sus hijos. Gritaba sus nombres con la esperanza de escuchar sus voces de vuelta gritándole:
—Aquí estamos, mamá.
Solo lograba tener su voz de regreso en un eco angustiante, hiriente.
La gente del pueblo, al principio curiosa, comenzó a considerarla una figura misteriosa y perturbadora.
Su mirada perdida y los frecuentes paseos por aquella vegetación espesa, inundada de sombras, hicieron que muchos la evitaran.
Una noche, mientras exploraba más profundamente de lo habitual en el bosque, encontró una cueva oculta entre las raíces de un antiguo roble.
Una noche, mientras exploraba más profundamente de lo habitual en el bosque, encontró una cueva oculta entre las raíces de un antiguo roble.
Dentro de la cueva vio una luz tenue y cálida que parecía reconfortante. Se acercó temblando y encontró una serie de imágenes talladas en las paredes: escenas de su familia, momentos felices, fotografías donde todos sonreían celebrando la vida.
Entre las imágenes, Constanza encontró una pequeña inscripción que decía:
“La esperanza no se pierde cuando el corazón sigue buscando”.
El hallazgo la golpeó como un rayo. La frase caló en lo profundo.
El animal que se llevó a sus hijos y el sufrimiento que había soportado no eran el final de su historia. Eran parte de un viaje, uno que le enseñó a buscar la esperanza en los lugares más oscuros.
Y ahí estaba, en la oscuridad de la noche, en un bosque de un país que no era el suyo ni el de sus hijos.
En ese momento decidió que, aunque había perdido a su familia y a su vida pasada, no podía rendirse. La cueva se convirtió en su santuario, un lugar donde sus recuerdos y su esperanza podían coexistir.
Sacó su casta de enfermera. Recordó que su juramento de grado había consistido en asegurar que siempre estaría dispuesta a ayudar en la sanación de personas necesitadas, y eso lo seguiría haciendo, utilizando su propio dolor y su aprendizaje.
Se dedicó a ayudar a otros que estaban perdidos o desolados, compartiendo su historia y brindando consuelo a aquellos que necesitaban encontrar su propia luz en la oscuridad.

Con el tiempo, Constanza comenzó a sanar. Aunque la búsqueda de sus hijos nunca terminó del todo, encontró una forma de vivir con el dolor, transformándolo en una fuerza para ayudar a otros.
Su vida en la nueva tierra se llenó de propósito y, aunque el bosque siempre le recordaba su pasado, también le ofreció un camino hacia un futuro donde la esperanza siempre encontraba un lugar.
En el nuevo país, su corazón seguiría buscando…
Treje.




Espeluznante historia, te remece las emociones, muy bien contada, y con un importante enseñanza final. Recomendado completamente.
Excelente cuento, donde la narrativa nos lleva no solo a un ambiente sobrenatural, casi que un triller, sin embargo, segura estoy que la autora ha camuflado en su escrito una historia personal y posiblemente historia de muchos. Bien hilado, me ha gustado, sobre todo la frase final "La esperanza no se pierde cuando el corazón sigue buscando"