Isla Negra, Chile: el último refugio del poeta
- Treje.

- 29 mar
- 9 min de lectura
Actualizado: 1 may

Lo he dicho: leer fue un acierto temprano.
A los diez años ya leía con entusiasmo El último viaje del Lusitania, del autor A. A. Hoehling, insertado dentro de la sección de libros de la prestigiosa revista Reader’s Digest bajo el nombre de “La verdad acerca del Lusitania”.
El RMS Lusitania fue un trasatlántico de turismo, muy elegante y rápido en su desplazamiento, propiedad de una empresa británica llamada Cunard Line. Durante la Primera Guerra Mundial fue torpedeado por un submarino alemán, bajo la sospecha de que en su interior llevaba una carga oculta de armas. En este hecho murieron cerca de 1.200 personas.
Con su lectura comienza el viaje literario de Treje, donde el relato narrativo dentro de una crónica histórica basada en hechos reales será el protagonista de su manera de proyectar su escritura. Fijamos entonces como un hito este acontecimiento: la pronta lectura y la temprana racionalidad para comprender tan complejos hechos, y guardar en memoria por el resto de su vida tan significativo encuentro con la narrativa, marcarán de manera irreversible su pluma.
Años más tarde, como regalo de quince años, llega el poema “Las palabras”, del escritor chileno Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda. Este texto, perteneciente al libro Odas elementales, publicado en 1954, es un total enaltecimiento al uso de la palabra como un ente vivo, capaz de matizar la vida misma: puede deprimirte, alegrarte, exaltarte de manera apabullante o dejarte caer en los más profundos abismos. Cada uno es capaz de tomar las que desee y usarlas construyendo su identidad.
El encuentro, su posterior análisis, el entendimiento y aporte de este poema hicieron ancla definitiva en lo que, a la postre, constituye un camino lleno de reflexiones plasmadas en papel; la descripción como herramienta fundamental, y matices que buscan dejar talladas como huellas los acontecimientos que marcan la vida.
Hoy, cincuenta años más tarde del encuentro con la poesía de Neruda, tuve la oportunidad de visitar el lugar donde yace en la eternidad junto a su amada esposa Matilde Urrutia.
El lugar: Isla Negra, una localidad costera llamada popularmente “El litoral de los poetas”, ubicada en la región de Valparaíso, a 108 kilómetros aproximados de la capital, Santiago.
Por definición, una isla es un área de tierra rodeada de agua por todas partes. Isla Negra no tiene esta característica. El poeta le adjudicó ese nombre atendiendo a las rocas que bordean su litoral, cuya característica resaltante es ser de color negro; y al saberlo su refugio particular, creía estar en una isla con la soledad que se intuye en el aislamiento del escritor para lograr el ambiente propicio de su musa.
Me acerco al lugar desde Santiago, atrapada por la curiosidad del rumor que me hacen llegar quienes ya lo han visitado, y también por sentir de cerca la presencia del autor que ha influido buenamente en mi ejercicio como escritora novel, con dos libros publicados de manera independiente.
La mañana pintaba plácida, dispuesta a ser bondadosa en aquella misión que comenzaba en el desconocimiento de la zona. Si bien había amanecido hacía ya buen rato, los pobladores poco circulaban por su calle principal y algunos dueños de negocios de comida y servicios apenas se aprestaban a montar la escena de su negocio turístico.
Decidida, la búsqueda de información nos llevó a adentrarnos en sus calles. Se fue abriendo el camino arenoso, propio de una zona litoral bañada por las aguas del Pacífico chileno.
Suntuosas viviendas envueltas en una tenaz brisa con olor a mar cercano; brisa fría e implacable, nos anuncia la enorme posibilidad de estar cerca de nuestro objetivo y sí, con un escueto cartelito señalando la presencia de un “Museo”, llegamos a la casa-museo donde vivió el diplomático y político militante del Partido Comunista, senador de la República por las provincias de Tarapacá y Antofagasta y, en alguna época, embajador de Chile en Francia.
Para una figura tan relevante, que se hacía notar, sus detractores ondeaban banderines de coherencia entre lo que defendía y proclamaba en política —ser comunista y, a la vez, ser dueño de tres propiedades de vivienda: Casa Museo Isla Negra, La Chascona y La Sebastiana—. No era precisamente el mejor ejemplo de lo que proclamaba.
También era motivo de duras críticas por haber abandonado en Países Bajos a la única hija de su primer matrimonio, niña de dos años que padecía de hidrocefalia. La niña no volvió a ver a su padre, y no solo dejó a su esposa en total abandono económico, sino que tampoco les permitió, bajo la figura de un salvoconducto, que huyeran de la inclemencia y penurias de la Segunda Guerra Mundial recrudecida en la Europa de la época.
Nos recibe en Isla Negra un listón de madera que hace las veces de dintel, en cuya superficie está grabado un texto de autoría del dueño de casa:
“Regresé de mis viajes,navegué construyendo la alegría”.
Al elegir esta casa como su morada final, quizá con esta frase nos deja saber que, hacia el final de su vida, había recorrido su mundo interior tanto como le fue posible, construyendo en él las anécdotas y fortalezas que le harían descansar con placidez.
En mi interpretación de la frase, aunque era un hombre muy viajado, el texto del listón aludía, como metáfora, a su introspección: su viaje al interior de su ser.
Nos deja claro que la felicidad, la alegría, lo placentero, no aparece solo, como arte de magia. Es necesario construir la oportunidad de vivirlo, porque aunque se afronten tempestades en medio del mar, puede conseguirse el sentido, la belleza y el gozo. Dentro de lo que fue su andar, quizá le hacía sentirse pleno y satisfecho el cúmulo de vivencias alcanzadas.
Al menos así lo interpreta quien, de alguna manera, ha buceado en su escritura.
Con esta carga de sentimientos, recibimos las instrucciones generales para la visita “guiada” por un dispositivo electrónico que describe cada sección de la casa en varios idiomas disponibles. Nada de fotografías ni vídeos al interior de la vivienda.
Toca entonces aguzar los sentidos para absorber lo más que se pueda en esa visita.
Adentrándonos en la casa, hay puntos que relatan cuán feliz fue viviéndola.

Arropada en su totalidad en un ambiente marino, durante sus viajes y allí mismo, en esa costa, logró hacerse de varios mascarones; figuras de mujeres y seres mitológicos abundan profusamente en varios lugares de la casa, al igual que piedras de mar, caracoles, timones, astrolabios, mapas y esferas, indicando con esto que disfrutaba todo lo marino para lograr la adecuada ambientación que contribuyera con su escritura.
En el recorrido por varios salones, la voz activa en el aparato electrónico entregado como guía nos dice que estamos en presencia de la habitación nupcial: una sencilla cama de dos plazas que destaca por la posición en diagonal dentro de la habitación.
La voz nos explica que esa posición se debía al interés del poeta en que, al amanecer, la luz del día bañara primero sus pies y ya en el atardecer se hiciera cargo de su cabeza.
Mientras se escuchaba la descripción detallada de los objetos encontrados en el sitio, llamó mi curiosidad el hecho de dejarnos saber lo amoroso y satisfecho que se sentía con la cabellera de su amada esposa, al punto de dedicarle versos de halago en diferentes obras.
Con sus versos, escuchados en ese momento, percibo su sensibilidad al hacer de los cabellos de Matilde Urrutia su saco personal de sensualidad, refugio y amor profundo. En su obra Cien sonetos de amor, escrita en 1959 y dedicada íntegramente a su amada, habla y alaba profusamente sus cabellos dorados.
Me quedó claro lo profundamente enamorado que estaba y cómo dedicaba sus mejores palabras y versos a dejar en evidencia su devoción.
En este momento hice una pausa, porque el episodio del abandono de la hija en Holanda me jugó una mala pasada en mis recuerdos, al constatar que de amor para dar estaba lleno, no así para su inocente hija. Trago amargo del momento.
En esa misma habitación conseguimos un pequeño espacio donde se resguardan algunas piezas importantes de su ropa y calzado. El dispositivo-guía nos dice que podemos ver la indumentaria que usó para ir a recibir en Oslo, Noruega, su indiscutiblemente merecido Premio Nobel de Literatura 1971.
Innegable la emoción de ver el traje y los zapatos aludidos, pensar que cubrieron su cuerpo para ir en busca de su reconocimiento universal. Para una escritora novel, créanme, es un momento muy emotivo.
Sentí gozo de saber que pisaba una de sus casas y, en ella, podía ver su traje de escritor premiado, sin perder de vista que su arte, de alguna manera, me ha arropado en mi aventura literaria. Trago de regocijo.
Costó abandonar esta área que había causado tan contrastantes sentimientos.
Avanzando, llegamos hasta un bar con vista al mar, aunque, para hacer justicia, abundan los ventanales de cara a las aguas del Pacífico. Casi toda la casa tiene vista abierta al rompeolas natural formado por el escudo de rocas oscuras de gran tamaño hacia su lado este y sureste.
El bar nos mostró una faceta interesante: era evidente que le gustaba cultivar sus amistades. Para aquel entonces la tecnología de los teléfonos móviles era impensable; por tanto, la riqueza de las palabras, gestos y risas en vivo lo nutrían y disfrutaba tanto que hasta tenía por costumbre escribir los nombres de sus asiduos amigos visitantes en las mesas y en las vigas de madera que sostenían el techo del recinto, una manera muy particular de coleccionar personas y momentos, como si fuera un escenario donde sus amigos intelectuales, artistas o gente común convertían cada encuentro en un legado de conversaciones, creación y risas de las que había que dejar constancia al marcar sus nombres.
Ese bar, totalmente inspirado en el mundo marino, de alguna manera le hacía pensar que su casa era un barco anclado frente a las costas del Pacífico que baña su Chile amado.
Ya en el área externa de la casa, tropiezo con una placa en la cual destacan unas palabras del poeta:

“Todos fueron entrando al barco… Mi poesía, en su lucha, había logrado encontrarles patria y me sentí orgulloso”.
La leía y releía, y sabía que algo quería dejar en mí esa frase. Sin pensarlo dos veces, le tomé una fotografía; quería asegurarme de no perderla hasta encontrar en ella el mensaje que sabía quería dejar en mi recuerdo.
Días más tarde, ya en Santiago, donde vivo, haciendo un recuento del feedback recibido por mi segundo libro, Estaciones Urbanas, cuatro relatos de vida y muerte, llegó a mi mente la frase fotografiada en Isla Negra.
En ese momento sentí que mi libro finalmente había logrado llegar a su destino, había penetrado el alma de mis lectores, había sido acogido buenamente y, como dice la frase, me sentí orgullosa de haberlo logrado. Su patria es este país prestado en mi ruta como exiliada.
En esa área externa de la casa se puede ver un pequeño refugio que bien pudiera ser de una sola pieza o, cuando mucho, tener una sala de baño adicionada. A esa estructura le llaman “covacha” por estas tierras.

Al consultar a una de las personas de la Fundación Pablo Neruda que, de alguna manera, atienden y resguardan el lugar acerca de esta construcción separada de la casa principal, me explica que, como la casa principal fue hecha en varias etapas o períodos, el poeta mandó a construir esa covacha como refugio para sus momentos de escritor, evitando así que los ruidos propios de la construcción desviaran su atención. Era su manera de concentrarse o simplemente aislarse.
Antes de hacer el viaje a Isla Negra, traté de documentarme. Sabía que iba al lugar donde reposan los cuerpos de Pablo Neruda y de su esposa Matilde Urrutia. No es mi pretensión narrar acá las circunstancias de ambas muertes; solo diré que el poeta vivió y descansa en la eternidad de la manera como lo soñó y expresó claramente en sus deseos finales: vive frente a las aguas del Pacífico, resguardado por inmensas rocas negras que hacen de muralla y rompeolas, aumentando los decibeles del sonido de las olas al chocar en ellas; unos vientos perennes que traen y llevan sus recuerdos, así como a cada uno de los que nos acercamos a sentir su vida un poco más de cerca y nos llevamos, cada cual, las impresiones y el imaginario según lo que el autor haya dejado en sus curiosos visitantes.

Ya para despedir estas breves impresiones quiero traer a la memoria uno de los aportes culturales de la antigua Persia: “La dualidad del bien y del mal en la religión de Zoroastro”. Según se describe en este aporte, en una misma persona conviven el bien y el mal sin que eso vaya en detrimento de ella. Nadie está exento de este criterio tan antiguo, pero tan presente al día de hoy.
Pablo Neruda, el escritor, político y diplomático chileno que con sus palabras logró conquistar la escena literaria mundial y la política internacional, no escapó de vivir su vida navegando entre las aguas del bien y del mal. Amado por muchos, criticado por tantos otros, como todos.
Para mí seguirá siendo el ser humano que instaló y recreó mis primeros pasos en el mundo de las letras. Pisar sus espacios construidos, además, como si pretendiera imitar la figura que tiene la silueta de su país en un mapa —alargada y estrecha casa (probablemente esta sea la visión de la casa si se le mira en una toma aérea)— fue un día que recordaré y mantendré presente en lo que reste de vida.
Treje.
Santiago, marzo de 2026




Muy buena descripción de tu visita a Isla Negra y las reflexiones propias.
Hermana, me encantó. Cómo siempre Escribiendo con el alma, algo que logras cuando lo hacer que el lector conecte con la esencia de la historia y que lo haces genial. 💛 Felicidades
Una visita obligada para aquellos que viviendo en un país que no es donde nacimos, pero que queremos conocer parte de su cultura, sus letras e historia. Muy acertada tu reflexión al mostrarnos un Neruda de buen gusto por lo bohemio, por lo amistoso y si se quiere solidario, sin embargo, algo contradictorio en su actitud como padre. No estamos para juzgar, más no deja de ser como una piedrita en el zapato que molesta al caminar, el conocer de esta su proceder.