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Mi gran Problema

  • Foto del escritor: Treje.
    Treje.
  • 25 abr
  • 7 min de lectura

Actualizado: 1 may

Imagen elaborada con IA
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Tengo un dilema enorme. No sé qué me va a pasar, pues la situación en la que me encuentro no es halagadora. Vivo sola con mi perrita zetta margarita que así se llama; mi esposo falleció hace unos meses. No tengo hijos ni familiares cercanos a quienes acudir para recibir ayuda y salir de este problema, que crece un poco más cada día, hasta el posible embargo de la casa.


La situación es la siguiente: tengo una hipoteca que, mientras mi esposo vivía, podíamos ir pagando. Ahora, al faltarme él, y pese a cobrar una pensión de viudez y la mía de jubilada —pobres pensiones en su conjunto—, si destino todo a la hipoteca, me quedo sin comer. Y, la verdad, no creo que esa sea una buena solución.


He hablado con la gente del banco donde tengo registrada la hipoteca. Con trato cordial y palabras amables, me dicen que encuentre algún trabajo; es su manera cortés de tenderme la mano. Como si eso fuera tan fácil. Si las personas más jóvenes no encuentran nada, a mi edad lo veo difícil, como no sea de momia en algún museo. Buscar trabajo ya lo he hecho, pero nada encuentro; ni siquiera para repartir publicidad en las esquinas de las avenidas, porque para esa tarea eligen chicas jóvenes y esbeltas. Y, pese a explicar mi urgente problema, nadie se interesa. Solo recibo siempre la misma respuesta: que tenga mucha suerte.


He buscado mil y una soluciones y, al final, parece que he encontrado una muy especial, aunque dolorosa. Si tengo que hacer ese sacrificio, lo haré antes que perder mi casa.


De entrada seguiré cobrando ambas pagas y no necesitaré dinero para subsistir. Al contrario: todo lo que cobre quedará en el banco y, después de pagar la totalidad de la hipoteca, aún sobrará un pequeño resto que podrá ir acumulándose con los años. Además, también quedarán allí los pagos extraordinarios correspondientes a mi condición de jubilada y viuda. Para que esta solución salga bien, necesito algo muy especial.


Lo primero será efectuar una serie de trámites: darme de baja de los siguientes servicios: agua, electricidad, teléfono, gas e internet. Todo tendrá efecto a partir del final de este mes. Otra gestión importante será visitar a mi abogado para exponerle la idea y recibir su consejo profesional.


Lo llamo por teléfono para que me dé día y hora. Quedamos para esta tarde, alrededor de las diecinueve horas. Con mucha curiosidad, ha querido que le adelante algo telefónicamente, pero prefiero hacerlo personalmente.


A la hora señalada me presento en su oficina y soy recibida al instante. Después de los saludos de rigor y de las preguntas habituales, entramos en materia.


—Bien, tú dirás. ¿Qué te ocurre? ¿En qué te puedo ayudar?


Empiezo a detallarle mi plan, que consiste en lo siguiente:


—Mañana asaltaré una gasolinera, una tienda pequeña o una sucursal bancaria; no importa, me es indiferente. Seguramente se presentarán Carabineros. No pondré resistencia: me entregaré de inmediato. Con mi artrosis de rodilla no es mucho lo que podría correr.


Imagen elaborada con IA
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Hasta aquí todo correcto. Me detendrán y me acusarán de intento de robo. Tendré un juicio bastante rápido y aquí es donde entras tú, como abogado mío.


En el juicio tienes que conseguir que me condenen, al menos, a cinco años. No permitas que me asignen la casa por cárcel bajo ninguna razón. No puedo estar en mi casa pagando prisión. Todo el dinero de las pensiones debe irse al pago de la hipoteca.


Creo que esto lo puedes arreglar con el fiscal. Ya sé que mi pena no sería de ese tiempo por mi entrega sin resistencia, por no tener antecedentes, por usar un arma de juguete, por no dañar a nadie y por estar en una situación límite de salud. Agrégale al expediente que soy hipertensa y diabética tipo dos, a punto de insulina, y que arrastro un insomnio recurrente.


Lo prioritario es esto: tengo que estar cinco años en prisión. Es el tiempo que necesito para liquidar la deuda y reunir algo de dinero para mi vejez; ya me pesan estos sesenta y cuatro.


Me escucha atentamente, sin una sola pregunta, tomando alguna nota. Al final de mi exposición me dice:


—Tú estás loca. ¿Cómo quieres hacer esto? ¿No sabes dónde te vas a meter? Piénsalo bien.


—Está pensado y muy pensado. Por eso pido tu ayuda profesional.


—Yo no puedo hacer nada con lo que me explicas. Esta locura está fuera de mis atribuciones profesionales. No debías ni habérmelo comunicado, ni como amigo ni como abogado.


—Sí que puedes hacerlo, y mucho más de lo que piensas. Por tus contactos, eres la piedra angular para que este plan tenga buen resultado. Me servirá para no perder la casa y no quedar en la indigencia luego de pagar la hipoteca. Además, piensa algo importante: con este plan puedo pagar la deuda del banco sin ningún coste añadido de comida, medicinas o servicios. Como me seguirán ingresando la paga de jubilación, los extras de invierno y Navidad, más el ahorro de los gastos que he suprimido, reuniré una cantidad importante en estos cinco años.


He calculado aproximadamente que, al salir en libertad, tendré ahorrados unos tres millones de pesos y la casa libre de cargas bancarias.


—De acuerdo. Sigo diciendo que es una locura, aunque ingeniosa. Te ayudaré; lo conseguiremos, ya que el fiscal solo te habría pedido unos cuatro años, y pidiéndole que te dé cinco le haces un favor inmenso.


—Espero que todo salga bien.


—Y ya sabes que, si algo necesitas allí dentro, solo tienes que llamarme. Además, te mereces mi aplauso por la decisión que has tomado. Nunca se me habría ocurrido.


—Gracias, amigo mío. Mañana lee el periódico; allí saldré en primera plana.


Así, puesto en marcha el plan urdido y como esperaba, fui detenida y enviada a juicio.

Pero aquí la cosa no salió tan bien como esperaba.


Pese a todos los argumentos que expuse para ser condenada, el señor juez estimó que, por mi situación y la angustia que tenía por solucionar mi gran problema, no debía condenarme: solo me amonestó. Y eso que monté un gran drama para intentar ser castigada. Pero no hubo forma. No pintaba bien mi futuro.


Desesperada, recibía felicitaciones por haber salido tan bien librada. ¿Qué sabrán ellos de lo que me interesaba? No salir libre: eso era lo único que quería.


Al salir del juzgado había un montón de periodistas que se interesaron por mi caso; se ve que no tienen cosa mejor que hacer. Me rodearon pidiéndome explicaciones o comentarios sobre mi deseo de ser encarcelada, y allí se iluminó otra vez mi cerebro.


—Señores —les dije—, si desean la exclusiva de mis declaraciones, con mucho gusto se las daré, pero siempre que haya una compensación económica de por medio. Si no es así, vayan ustedes al señor juez y él se las dará.


Como abejorros asustados desaparecieron de mi alrededor, menos uno, que se quedó mirándome fijamente. Se acercó y me dijo:


—Disculpe que la aborde aquí, pero me interesa mucho su caso.


—¿Es usted psicólogo? —le respondí—. No estoy para estudios de laboratorio.


—No, por favor, no me interprete mal. Soy guionista de televisión y creo que se podría hacer una serie con su experiencia vivida y las circunstancias de la misma.


—Mire, lo que me interesa es solucionar mi gran problema.


—Por eso no tiene que preocuparse. Si llegamos a un acuerdo, mi compañía saldará todas sus deudas y además tendrá un aporte para sus gastos.


—Oiga, señor guionista, no sé si me está tomando el pelo o qué, pero ¿a quién puede interesarle mi historia y el montaje que he hecho?


—Pues a mí sí me interesa, y mucho más de lo que piensa. Es una crítica contra la sociedad actual, vista desde la óptica de la gente del pueblo, de quienes están contra todo lo que en estos momentos pasa con las entidades financieras, los impuestos y las pensiones.


—Pero ¿cree que mi historia puede tener algún punto de semejanza con esas situaciones?


—Como guionista, llevo días dándole vueltas a cómo presentarlo y siempre me quedo estancado a medio escribirlo. Pero usted, por lo que deduzco, tiene las ideas mucho más claras que yo. Por eso le ofrezco esta oportunidad de expresar, a través de la escritura, su queja y además solucionar su problema.


—Me gusta su franqueza y hasta me cae simpático, pero dígame: ¿en qué condiciones tendría yo que trabajar?


—Mi compañía me ha autorizado a ofrecerle:


Primero, la cancelación de la deuda que tiene por su hipoteca, como paso previo.


Segundo, un bono económico de dos millones de pesos por cada capítulo que escriba, previa revisión entre nosotros.


—Tenga en cuenta que yo soy jubilada y, teóricamente, no puedo percibir ningún emolumento fuera de mi pobre pensión.


—Eso está solucionado: cobrará dinero en mano, sin papeles, sin recibos, sin constar en ningún sitio… Solo hay un pequeño inconveniente.


—¡Vaya!, ya empezamos. ¿Qué ocurre ahora? Ya me parecía muy fácil todo.


—Que los capítulos deben ir firmados por mí, ya que de esta manera nadie podrá reclamarle nada, al no constar en ningún sitio como autora de los mismos.


—Mira, permíteme que te tutee, ya que vamos a trabajar juntos. A mí me es indiferente esa situación. Por mi edad y al no tener herederos, mis derechos de autor al final nadie se los quedaría. Pero, como tú has tenido la idea o la amabilidad de pensar en mí, a ti te los ofrezco.


—Muchas gracias. Espero hacer honor a ellos. Entonces dígame usted: ¿cuándo empezamos?


—Cuando tenga los documentos de la liquidación de mi hipoteca. Considero que es lo justo. No es que no me fíe de tu compañía, pero cuanto más claras estén las cosas, mejor. Y estoy muy vieja para que me engañen.


—Ya estaba pensado. Habíamos quedado con la entidad financiera en que mañana pasaríamos a liquidar su deuda. Tendrá la propiedad de su casa.


—Pues así no hay más que hablar. Mañana estaremos en el banco y después ya estaré a tu disposición.


—Muchas gracias. Aquí tiene este sobre, en el cual hay un adelanto de sus próximos emolumentos, por si tiene alguna necesidad de urgencia.


—Muchas gracias a ti. Es lo único que puedo decirte, y darte un abrazo.


—En el banco, mañana a las diez de la mañana. Allí nos veremos.


—Hasta mañana.


Riiin, riiiin, riiiin… ¡Ah, por Dios, ya son las siete de la mañana! Suena la alarma de sacar a la perrita al baño. ¡Al fin! He estado durmiendo toda la noche. He tenido un sueño muy entretenido; ojalá lo recuerde para contárselo a mi veci.


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Treje.

Santa Cruz, Chile.

 
 
 

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